lunes

HUGO GIOVANETTI VIOLA Y SU BIBLIOTECA DIGITAL

“EL ÚNICO CONSEJO LITERARIO QUE ME DIO JUAN CARLOS ONETTI FUE: NUNCA SEAS MORAL CON LOS EDITORES

por Haugussto Brazlleim

El lanzamiento de la Biblioteca Digital Hugo Giovanetti Viola consolida una fase de promoción virtual en la estrategia difusoria de un autor que comenzó a publicar sus libros en 1970. Sus últimos trabajos editados en formato papel fueron 130 BISONTES BRILLANDO EN LA PARED DE LA CAVERNA (2013) y LA MIRADA DE OLGA PIERRI (2017), aunque a partir de 2006 hubo varias primeras ediciones y reediciones WEB de antiguos títulos que elMontevideano Laboratorio de Artes fue entregando en forma folletinesca e incluso compactada en volúmenes unitarios, como MILAGROS DE UNA PUTA, LA ÚLTIMA CURDA DE JUAN CARLOS ONETTI, HOMBRE MUERTO COMULGANDO y LA BESTIA POP. Ahora los lectores pueden acceder con un solo clic al conjunto de las obras de Giovanetti Viola.

¿Qué fue lo que te llevó a publicar 130 BISONTES BRILLANDO EN LA PARED DE LA CAVERNA y LA MIRADA DE OLGA PIERRI en formato papel después de tantos años de haberte jugado a editar y reeditar tus libros virtualmente en elMontevideano Laboratorio de Artes?

Son dos casos muy distintos. La reciente reedición de La mirada de Olga Pierri (la primera edición fue digital) se hizo para ofrecerle un imprescindible tributo in situ a la Mariposa Monarca de la guitarra oriental, en ocasión de un homenaje organizado después de un año de su desaparición terrestre. La voluminosa summa de relatos y nouvelles que titulé 130 bisontes brillando en la pared de la caverna, en cambio, se planteó por la necesidad de agrupar ordenadamente todos los textos breves y de mediano aliento que produje desde 1975, incluyendo algunos inéditos que nadie hubiese podido encontrar en mi Cuartel Artiguista de la calle Lepanto. Yo había estado agonizando dos meses antes en una mesa de operaciones y me resultó muy urgente recaer en ese semi-error.

¿Por qué error? ¿Por qué semi?

Bueno, yo fui aprendiendo a partir de 2005, cuando el cineasta y creador multimediático Álvaro Moure Clouzet me propuso montar elMontevideano Laboratorio de Artes, que la publicación en formato papel se iba volviendo cada vez más ineficiente, además de costosísima. Y lo que me convenció del todo de la conveniencia de seguir publicando en forma virtual (aunque entre 2006 y 2010 me las arreglé para bancar Confesiones / El taller de la vida, El evangelio según el traidor, 1809: Artigas y la barbarie ilustrada y el alma cimarrona, De cuerpo y alma (homenaje a mi perra) y Yo el Protector, que casi no existieron en las vidrieras donde reinan los best-sellers impuestos por la moda fariseica del establishment) es que empecé a tener receptividad en muchísimos puntos del planeta. Por supuesto que en general no sabés ni cómo se llaman tus lectores, pero eso tiene la gran ventaja de que no se te desboque el ego infantil. Y además ya no se trata, para hablarlo en Salinger, de tener éxito de cañita voladora sino de tocar almas con amor incondicional, zafando de los raquíticos (y muy pocas veces agotados) tirajes de 300 o 500 ejemplares para llegarle a miles y miles de interlocutores cuyo número crece todos los días. Y además no gastás la guita que no tenés ni corrés el riesgo de enredarte con los editores. A mí el único consejo literario que me dio Juan Carlos Onetti fue: Nunca seas moral con los editores.

¿Es por eso que nos pedís que tratemos de robar los ejemplares de tus libros en las librerías de requechos? ¿O es un consejo en joda?

No es tan en joda. Aunque te aclaro que el otro día tuve que comprar un ejemplar de los Bisontes vía mercado libre para mandárselo a una escritora que es el amor más profundo y duradero que me regaló la vida y vive en Canadá, y gasté 600 mangos, además de lo que costó el correo. Claro: Ella me lo había pedido. Y cuando vienen los amigos a traerme algunos otros títulos ni siquiera les pregunto si los robaron. A mí me gusta tener esos ejemplares porque sigo amando al objeto libro, pero empecinarse en invertir carradas de guita en esas publicaciones sería un error tan terrible como volver a caer en el alcohol. No te olvides que soy un jubilado sumergido, pero ahora, gracias a Dios y a la Virgen, les puedo regalar mi alma sin el menor costo ni la menor ganancia económica a los miles y miles de lectores que me siguen por Internet. (Y tampoco te olvides que, al igual que Dylan Thomas, T.S. Eliot, Dostoievski, Cervantes, el Bosco, Dante Alighieri y otro millón de tarados delirantes, creo fervientemente en la Trinidad y el Espíritu Santo.)

¿Pero por qué le adjuntaste el matiz de semi-error?

Porque al final fue útil la invención de esa summa, y ahora pude subirla a mi flamante Biblioteca digital rebautizada como 133 bisontes (le agregué 3 relatos de estos últimos años) y dividida en dos tomos. Yo estoy convencidísimo (y eso lo conversábamos siempre con Olga Pierri) de que de alguna manera no descifrable pero sí palpable, todo está escrito y que hay que confiar en el misterio y obedecer a los relampagueantes golpes de la intuición. Y no olvidemos que tanto Jung como Teilhard de Chardin, por otra parte, coincidían en la detección de una especie de ADN que motoriza teleológicamente el espiralamiento espiritual ascendente de los desarrollos individuales y colectivos. Vale decir: que ser fiel a sí mismo es también serle fiel al plan de la conciencia cósmica del universo, que necesita de la fe elegida por nuestro libre albedrío para seguir ascendiendo hacia el reinado de la materia crística.

¿Es una fe ciega?

No. Ni la verdadera fe ni el verdadero amor ni la verdadera esperanza son ciegos sino clarividentes. Porque cuando el mundo nos mata la inocencia se nos abren los ojos del alma en plena noche oscura (o plena cruz) y entonces se consuman las bodas con el cosmos, lo que te aporta una invencibilidad irreversiblemente heroica. Pensá en las misiones aparentemente imposibles que encararon referentes orientales como Artigas, Herrera y Reissig, Torres-García y Obdulio Varela. El antagonismo dialéctico entre lo que se piensa y lo que se siente sólo puede resolverse con el ejercicio de una praxis radical y friccionante (Sandino Núñez dixit) que será rechazada por el statu quo con el que nos intenta paralizar el supuesto sentido común de la culturosis burguesa.

¿Y cómo zafamos del alarmante desbarrancamiento que sufre la producción y la difusión del libro nacional, por ejemplo?

Inventando circuitos tecnológicos (las redes horizontales son plenamente accesibles e independientes) que no le hagan el juego al imperialismo del factor económico que nos imponen los mercados digitados por las transnacionales. Un ejemplo paradigmático similar a elMontevideano Laboratorio de Artes fue la estrategia utilizada por Patricio Rey y sus redonditos de ricota, que no transaron nunca con el formato frívolo y mayoritariamente inocuo del mundillo del rock y concretaron una estética no agnóstica capaz de llegarle al pueblo entero, empezando por los planchas.

¿Y qué vendría a ser una estética no agnóstica?

Una propuesta vertebrada por el claroscuro de los arquetipos que desesperan o sosiegan a cualquier ser humano, lo que provoca una hipnosis de tensión y condensación que te sacude el esqueleto y el alma y te obliga a pensar en el significado profundo de la vida: To be or not to be, nene. El veneno cultural de la modernidad fue sintetizado insuperablemente por aquel personaje de Los endemoniados de Dostoievski que confiesa: Mi problema es que cuando creo no creo que creo, pero cuando no creo no creo que no creo. Ahí estás en el horno. Porque actuando desde esa indefinición (que se asienta en el mismísimo pecado original) no jodés a nadie, loco. Podés ser un blasfemo como Lautréamont y Bukowski o un místico como San Juan de la Cruz o Salinger, pero tenés que generar un contraste revulsivo. (Que fue lo que pasó con el fabuloso barroco mediterráneo de la Contrarreforma, un esencialísimo referente de la modernidad salvífica y no guillotinadora.) Y después utilizar esa misma ruptura revolucionaria al insertarte en el ambiente comunicacional que te ofrece tu época. Yo fui uno de los giles que pasó años haciendo cola en las editoriales porque no pagarte las ediciones te prestigiaba. Y pumba: el penúltimo editor hasta terminó llevándome a juicio para reclamarme un derecho de exclusividad que no le correspondía. Torres-García, en cambio, con excepción del colosal Universalismo Constructivo que financió Poseidón gracias al mecenas Freddy Gutmann, se pagaba sus libros y estaba orgullosísimo de aquella autogestión de extramuros porque eso también influía en lo que ha sido llamado el filtraje rústico de su trabajo (lo que no deja de ser una forma inversamente impactante de depuración/torsión matrera).

La creación de una nueva estrategia difusoria ya está pasando con la subida de los discos a youtube.

Exactamente. Mi Biblioteca digital está colgada en una página de Scribd. Pero lo que hay que encontrar son canales populares de difusión del material. Y eso a nosotros nos costó doce años. Es una tarea donde se requiere muchísima militancia, astucia y desinterés enamorado. Al principio comés mierda y ninguneo a baldes, pero gradualmente se produce el milagro de la multiplicación y la cosa le llega a todos. Porque no te circunscribís a un público esclavo de la moda cultural, como le pasó a la misma Marcha, de la cual terminamos heredando una soberbia nefasta. Esa culturosis pataleadora pero no friccionante siempre fue muy bien recibida por la democresía de Ponsonbylandia. Es lo mismo que escuchar a Mujica borracho alabando al capitalismo en las pantallitas, como pasó la semana pasada.

Y no es un touch utópico.

Utópica será tu madrina. Fijate en el impacto que tuvo la versión performática de la película La galante calavera de Moure Clouzet en la noche de los museos. Allí hubo garra artiguista como en Guayabo y la gente se retiró luminosamente congelada por la recreación del genial discurso fúnebre que esputó Zum Felde en el entierro de Herrera y Reissig, hace 107 años. Esos son goles, loco. Si el escandaloso balinazo de Ghiggia hubiera pegado en el palo, no existiría el mito de Maracaná.

domingo

MARCO GIORGI “LO MÁS FASCINANTE DEL SURF ES EL ESTADO DE MENTE Y DE PAZ QUE TRAÉS AL SALIR DEL AGUA”



En esta oportunidad, responde Las 10 de la semana Marco Giorgi, surfista nacido en La Paloma, Rocha, y radicado en Brasil, que con su tabla ha escrito capítulos históricos del surfing uruguayo.

A sus 29 años, el único embajador nacional en el QS de la WSL está en Hawaii, y mantiene el foco puesto en el Championship Tour 2018, un horizonte al alcance de sus capacidades  y aún posible según la calculadora…

Giorgi llegó a estar 24º del mundo en el ranking WQS, se metió en cuartos de final en el WQS Xcel Sunset Pro 2008 (y derrotando al gran Andy Irons), o culminó tercero en el WQS 6 estrellas de Tasmania en 2010, donde venció a Jordy Smith, Sunny Garcia y otros.

Esta temporada representó a Uruguay en el ISA World Surfing Games 2017, celebrado en Biarritz, Francia, además de sellar otra conquista única, ganando en abril de 2017 el Pro Santa Cruz en Portugal, dejando por el camino a surfistas como Kanoa Igarashi, Pedro Henrique, Vicente Romero o Thiago Camarao.

El 2 de febrero de 2016 cosechó otro triunfo histórico para el surfing celeste, logrando el 5to puesto en el prestigioso Volcom Pipe Pro de la WSL, quedando eliminado en la semifinal nada menos que por detrás de Kelly Slater, el 11 veces campeón del mundo, y el hawaiano Bruce Irons.

Posicionado hoy entre los 50 mejores del ranking mundial (43) y faltando 2 eventos de peso en Hawaii, para meterse en el CT 2018 Marco necesita unos 13000 puntos aproximadamente (es decir, llegar a 2 finales, o facturar una victoria y una semifinal), según el último pronóstico de escenarios realizado por Surfline.

Hace poco, tal como anunciamos en Salvaje, Marco lanzó “Looking for a job”, un grito en busca de un patrocinio que colabore justamente en su campaña de ingresar al preciado Championship Tour 2018 y así batallar, codo a codo, entre los mejores del globo.

Lo que más extrañás y te recuerda a Uruguay (y lo mismo de Brasil, cuando estás de viaje)…

Creo que el tiempo de las cosas en Uruguay es un poco más lento todo, aunque no sea siempre positivo, me gusta esa paz y velocidad de las cosas. También, los alfajores y bizcochos, jeje. El mate siempre lo cargo conmigo, así que es como que me llevo un pedacito de Uruguay siempre conmigo. De Brasil extraño mi casa y rutina, a veces nomás.

Si tuvieras que elegir un momento que lo cambió todo en tu vida…

La primera vez que fui a Hawaii, me abrió los ojos al surfing profesional. Hawaii significa mi lado fuerte en el surfing, mi principio de carrera y algunas de mis mejores olas surfeadas.

Además de viajar, explorar nuevas olas y competir, ¿cómo es el entrenamiento de Marco Giorgi?

Yoga , entrenamiento funcional, pesca acuática y buenos hábitos.

¿Qué tanta importancia das a la alimentación? ¿Cómo son, por ejemplo, los desayunos o almuerzos de Marco Giorgi?

Mucha. Somos lo que comemos. Comiendo bien y saludable, hasta el humor cambia, la energía, el pensamiento, todo. Cuanto mejor comemos, más positivos y activos somos. Esos dos factores son la llave para un buen rendimiento adentro del agua. Mis desayunos son un limón exprimido con agua tibia en ayuno y después, esperar por lo menos media hora para comer algo. Me gusta comer fruta de mañana, pero no mucho.

Mis almuerzos son básicos, bastante ensalada, algún grano, vegetales, no mucha mezcla y poca carne. He comido poca carne últimamente y estoy pensando en dejarla por completo.

Un músico que todos deberíamos escuchar

Graham Nash.

Un surfer siempre inspirador…

Dane Reynolds.

Sin ser el surf, ¿qué otras actividades son el combustible de tu vida? ¿Qué cosas hacés cuando no surfeas?

Yoga, sin duda. Es lo que me mantiene con la cabeza sana, además de viajar, hacer skate, conocer mujeres…

En abril de 2017 cosechaste otro triunfo histórico para Uruguay, ganando el Pro Santa Cruz, ¿cuál es tu próxima meta profesional?

Ganar un evento mayor y entrar a la gran liga, este año luego de Hawaii, quiero estar completamente enfocado en la recta final. Ahora estoy en Hawaii, tengo los últimos campeonatos del año acá, después en diciembre pretendo ir a Uruguay a visitar y luego empiezo a entrenar para el año que viene. Empieza Hawaii y Australia en febrero, pero la verdad que el calendario del año que viene no salió todavía. Así que alguna cosa puede cambiar…

Una experiencia salvaje que se te venga a la memoria…

Atravesar tres islas de Indonesia en moto con 2 tablas y música en los oídos a toda velocidad para surfear un diamante escondido con solo un amigo.

¿Qué es lo más fascinante del surf?

El estado de mente y paz que trae al salir del agua.

 ¿Qué has aprendido del océano?

Respeto, amor a la vida y saber compartir.

(Salvaje / 10-11-2017)

DIÁLOGO ENTRE SUSAN SONTAG Y JORGE LUIS BORGES




VASOS COMUNICANTES
(Transcripción de Christian Kupchik)

Si esto fuera una entrevista, ¿quién entrevista a quién? ¿o es un diálogo? Pero ¿qué clase de diálogo? ¿Un diálogo en la cumbre (de la literatura)? ¿Un diálogo interamericano? ¿De discípulo a maestro? ¿Intergeneracional? ¿o más bien, y simplemente, una reflexión al alimón sobre la literatura, una de las raras manifestaciones públicas de la muy selecta y secreta Sociedad de los Lectores? Sea lo que sea, he aquí un histórico encuentro entre dos indiscutibles estrellas de la literatura americana sin fronteras. El encuentro entre Susan Sontag y Jorge Luis Borges se produjo durante la Feria del Libro de Buenos Aires.

Susan Sontag: Quisiera contar algo… Me quedaré una semana en Buenos Aires y, naturalmente, estoy muy feliz por haber sido invitada a participar en la Feria del Libro y poder, de esta forma, conocer Argentina. Pocos días antes de viajar, recibí una llamada de un periodista a quien el Departamento de Estado de los EE. UU. le había solicitado que me entrevistase. Él me preguntó: «¿Cómo se siente respecto a su viaje a Argentina?». Le dije que estaba extremadamente feliz, siempre había esperado con ansiedad la posibilidad de conocer Argentina; entonces, para mi sorpresa e intranquilidad, me dice: «¿Por qué precisamente Argentina?», a lo que respondí: «Porque siempre he querido conocer la tierra de Borges». El periodista rio nerviosamente y dijo: «Sí, sí, claro, es un gran escritor, ¿pero existe alguna otra razón por la cual esté tan feliz de viajar?». Sentí entonces que me estaba portando muy mal, y que debía ponerme seria por un momento, así que agregué: «Bueno, también quiero ir a Argentina para expresar mi admiración por el regreso del país a la democracia». Por supuesto, siento la primera razón con mucha más fuerza, ya que Borges no solamente es un escritor conocido por todos, sino también muy admirado por otros escritores. Nos ha enseñado muchos nuevos trucos, cosa que apreciamos mucho, ya que esos nuevos juegos que aprendimos luego los podemos aprovechar. Quizás no sea tan fácil para Borges estar en esta posición. En una entrevista, una vez dijo algo que quisiera citar: «Me he cansado mucho de laberintos, tigres, espejos, especialmente cuando son otros los que los usan». Y luego agregó (y esta es la parte que me encantó, porque Borges sabe sacar ventaja de la desventaja): «Esa es la ventaja de tener imitadores: tanta gente está haciendo lo que yo hacía, que ya no es necesario que yo lo haga». Quisiera, pues, cederle la palabra a Borges, para que explique qué ha significado para usted esa influencia que ha ejercido sobre tantos escritores, aunque no sé si realmente la imagina, ya que cuando habla siempre es tan modesto respecto a su propia obra.

Jorge Luis Borges: No, no soy modesto, soy lúcido simplemente. Me asombra ser conocido, jamás pensé en eso. Y me llegó después de bien cumplidos los cincuenta años, la gente me notó y dejé de ser el hombre invisible que había sido hasta entonces. Ahora estoy acostumbrado a ser visible, pero siempre me cuesta un esfuerzo terrible. En realidad, estoy muy asombrado de la generosidad de todos; a veces pienso que soy una especie de superstición, aunque bastante difundida ahora. Pero en cualquier momento pueden descubrir que soy un impostor; en todo caso, soy un impostor involuntario. Está bien, vamos a mantener esta ficción en la cual yo soy un buen escritor, pero ya que es un juego, juguémoslo entre todos, siempre que no lo tomemos demasiado en serio.

S.: Una de las cosas que amo en usted como figura literaria…

B.: Desgraciadamente, soy una figura literaria.

S.: [Riendo.] Bien, lo que quería decir es que usted está ansioso por darse a la admiración…

B.: No, la admiración no. Lo que yo quería es la amistad y la indulgencia de todos.

S.: Usted habla a menudo con admiración de otros escritores, sobre todo de los escritores del pasado…

B.: Y sobre todo del pasado americano, al que yo tanto le debo. Si pienso en Nueva Inglaterra, en la cantidad de gente valiosa que New England ha dado al mundo (quizás los astrólogos sepan algo de esto) y comienzo a enumerarlos, ahí están Emerson, Melville, Thoreau, Henry James, Emily Dickinson y tantos otros. Si no hubieran existido ellos, no existiríamos nosotros, que somos de alguna manera una proyección de aquella constelación de Nueva Inglaterra.

S.: Pero en un principio usted estaba interesado en la literatura inglesa.

B.: Sí, pero la primera novela que leí en mi vida fue Huckleberry Finn, de Mark Twain. Y luego leí La conquista de México del Perú, de Prescott. Y sigo continuamente agradecido, continuamente recibiendo y tratando de no ser del todo indigno con mis maestros. Yo pienso que en un escritor influye todo el pasado, no sólo un país o un idioma, sino también los escritores que no ha leído, aun los que le llegan por parte del idioma, ya que el idioma, como lo ha dicho Croce, es un hecho estético, y ese idioma es la obra de miles de personas. Yo he perdido mi vista en el año 1955, y desde entonces me dedico más a releer que a leer. La relectura es una actividad que considero muy importante, ya que uno renueva el texto: el libro y uno, ya no somos lo mismo en el momento de la relectura. Como dijo Heráclito: «Nadie se baña dos veces en el mismo río». El río fluye, y Heráclito también fluye, y yo soy ese viejo Heráclito bañándome no en ese mismo río, sino en otro, agradeciendo la frescura de esas aguas.

S.: Nadie lee dos veces el mismo libro.

B.: Es cierto.

S.: La actitud que usted expresa y que yo comparto absolutamente ya no es tan común, dado que mucha gente lo que ansía es la originalidad.

B.: Yo creo que la originalidad es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, apenas, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso.

S.: ¿Hay alguna otra literatura, aparte de la inglesa y la americana, que le interese?

B.: Sí, sobre todo la literatura escandinava, las sagas, las eddas islandesas… bueno, toda literatura es preciosa. Imaginarse el mundo sin Verlaine, por ejemplo, sin Hugo, sería muy triste, imposible. Pero ¿por qué abstenernos de algo? ¿Por qué ser un asceta de las bibliotecas? Las bibliotecas nos ofrecen una continua felicidad, una felicidad accesible. Quizá, si yo fuera Robinson Crusoe, el libro que llevaría a mi isla sería la Historia de la filosofía occidental, de Bertrand Russell, quizá me bastara con eso. Aunque si me dejaran llevar una enciclopedia sería mucho mejor, ya que para un hombre ocioso y curioso como yo, la mejor lectura es la de una enciclopedia. Está la más antigua de todas, la de Plinio, o también las modernas, como la Británica o la Europea, pero todas son preciosas.

S.: Si yo estuviera en una isla desierta no me llevaría precisamente la Historia de la filosofía de Bertrand Russell, ya que pienso que es una historia filosófica muy superficial.

B.: Sí, pero como yo soy un lector muy superficial…

S.: [Riendo.] Bueno, si pienso que usted la ve como una obra de ficción…

B.: Es que la filosofía es una ficción, el mundo entero es una ficción; yo, sin duda, soy ficción…

S.: Pensé que diría eso…

B.: Sí, no soy muy asombroso… pero ¿cuál es el libro que usted llevaría a una isla?

S.: Pienso que llevaría el Roger’s Treasure

B.: Una excelente elección, sin duda.

S.: ¿Qué tipo de literatura le gustaría hacer ahora?

B.: La que hago. Estoy escribiendo poemas y cuentos cortos; no me gustan pero siento una necesidad.

S.: Para mí, publicar lo que escribo es una forma de deshacerme de aquello que me obsesionaba íntimamente de hacerlo, si no siguen persiguiéndome; pero una vez escritos, puedo pasar a otra cosa. Acabo de publicar un libro que se llama Los conjurados que reúne unas treinta o cuarenta piezas cortas, no sé si buenas o demasiado ambiciosas. A usted siempre le han gustado más las formas cortas que las largas.

B.: Bueno, como decía Poe, no existe tal cosa como un poema largo.

S.: Pero existe algo así como una historia larga, eso que llamamos novela.

B.: Sí. Pero por lo general yo he sido derrotado por el género. Salvo en el caso de El Quijote, de Conrad o de Dickens, las novelas más famosas, como las de Thackeray o Flaubert, me han derrotado. Lo siento…

S.: Una de las cosas más sorprendentes es nuestro común interés por la literatura japonesa.

B.: Sí. Yo estoy tratando de estudiar japonés, pero es un lenguaje tan complejo que nuestras lenguas occidentales son al japonés lo que el guaraní es al castellano. Es un idioma lleno de matices, por eso uno puede leer diversas traducciones de los haikus y son completamente distintas entre sí, pero al mismo tiempo todas son fieles, ya que los originales son sabiamente ambiguos, como los textos de Henry James.

S.: Una de las cosas que me interesan de la literatura japonesa es su pasión por la miniaturización.

B.: Y el valor del instante, que es lo que salta a la vista en el haiku, como si quisieran atrapar el instante. También he notado la ausencia de metáforas, como si los japoneses sintieran que cada cosa es única, que nada puede compararse con nada. En cambio, el contraste sí existe, eso abunda. Recuerdo un haiku muy hermoso que dice: «Sobre la gran campana de bronce se ha posado una mariposa». La perdurable campana y la suave, efímera, mariposa: basta con ese contraste, ambas cosas no se comparan.

S.: Lo que usted diría es que la acción de una metáfora sería prolongar algo más allá de un instante.

B.: Claro, sería lo contrario del objetivo de la literatura japonesa, que quiere retener el instante.

S.: Quizá lo que más me atrae de la literatura japonesa es una forma muy particular, que parece muy moderna y sin embargo es muy antigua: consiste en un libro hecho por notas tomadas en distintas épocas. Pienso que todo escritor está buscando siempre una forma ideal, especialmente escritores como Borges o como yo, que siempre intentamos formas distintas expresando una continua insatisfacción por la fórmula única. La forma ideal en mi imaginación sería aquella en la cual podría poner todo: cada día, al sentarme a escribir lo que necesitase, todas las palabras se amoldarían a esta forma única. Pensemos que sólo tenemos libros de notas o dietarios en la literatura occidental realiza- dos en los últimos cien años, en tanto que el ejemplo japonés más conocido data del siglo XI. ¿Usted alguna vez tuvo interés en llevar un diario?

B.: No. Soy demasiado haragán para ese género. Escribir todos los días no puedo, cada día soy más haragán.

S.: Sin embargo, volvió a escribir mucho.

B.: Bueno, todo lo que yo publico, por imperfecto que parezca, presupone diez o quince borradores anteriores. Yo no puedo escribir sin borradores, y en la última versión agrego un descuido evidente para que todo parezca espontáneo.

S.: La mayoría de los escritores están siempre quejándose de lo difícil que es escribir…

B.: No. Lo terrible sería no escribir. Para mí sería imposible.

S.: Está muy claro que Borges es una excepción. Usted siempre comunica en primer lugar ese amor generoso por la literatura, y también evoca constantemente el placer del principio, tanto cuando habla de la escritura como de la lectura. Pienso que es un correctivo fantástico para la tremenda autocompasión de tantos escritores. Creo que ser escritor es una vocación muy rara, muy extraña. Casi todos los escritores que conozco, y me incluyo, sabían desde muy temprana edad que querían serlo.

B.: Bueno. Conrad y De Quincey al menos lo sabían, y yo, sin compararme con ellos, siempre supe que mi destino serían las letras, como escritor o como lector, pero estaría unido a la literatura.

S.: ¿Imaginó alguna vez los libros que publicaría?

B.: No, nunca pensé en ello. Pensé en el placer de leer y en el placer de escribir, pero en publicar no. Jamás.

S.: ¿Cree usted que pudo haber sido un escritor como Emily Dickinson, que no publicó en vida?

B.: Sí, pero cometí esa imprudencia. En una ocasión le pregunté a Alfonso Reyes por qué publicamos, y Reyes me contestó: «Publicamos para no tener que pasarnos la vida corrigiendo borradores». Creo que tenía razón; cada vez que se publica un libro mío yo no me entero de qué es lo que ocurre con él, no leo absolutamente nada acerca de lo que se escribe sobre él. Ni sé si se vende o no. Trato simplemente de soñar con otras cosas y escribir un libro distinto, pero generalmente me salen muy parecidos al anterior.

S.: Una vez le preguntaron a Valéry como sabía cuándo se terminaba el poema, y contestó: «Cuando viene el editor y se lo lleva».

B.: ¡A mí siempre me asombra tanto cuando se habla de edición definitiva! ¿Cómo puede ser que un autor no pueda arrepentirse de un punto incómodo o un adjetivo? Es absurdo.

S.: Yo también siento que me gustaría volver a escribir casi absolutamente todo lo que he escrito…

B.: Y yo querría destruir todo lo que he escrito. Me gustaría salvar un libro, El libro de arena, quizá La cifra también; pero lo demás puede y debe olvidarse.

S.: [Riendo.] Cuando releo lo que he escrito (trato de hacerlo lo menos posible) me siento muy deprimida, o porque creo que es malísimo y me duele que exista o porque pienso que es muy bueno y que nunca más podré escribir algo como eso. Pero no soy tan fuerte como usted, ya que no puedo imaginarme escribir sin publicar: para mí la publicación es una forma de deshacerme de aquello que me obsesionaba. Todo el proceso de la escritura está en función de una metáfora hidráulica en la cual yo tengo que mantener los grifos abiertos, y si lo produzco, me tengo que deshacer del libro, y la única forma de lograrlo es publicando.

B.: Cuando publica, luego cambia de tema ¿no?

S.: No sólo cambio de tema sino que generalmente también cambio de opinión, lo cual a veces resulta bastante incómodo, porque la actitud seria, adulta, responsable, exige estar quieto detrás, respaldando lo que uno ha producido.

B.: Y la actitud comercial, también…

S.: No, no creo que sea la actitud comercial. Existen libros míos publicados hace veinte años, por ejemplo, y si ahora me encuentro con un joven que me está leyendo por primera vez a través de ese libro, me sentiría muy poco amable, muy grosera si le dijera que eso que está leyendo y que escribí yo, ya no me interesa. Y no es culpa de nadie que la vida pase, que haya un nacimiento o que un ser querido haya muerto. Esto no significa que no me sienta contenta si están leyendo mis libros, sino que ya no me atañen más. Mi tarea es estar más allá de los libros publicados, descartarlos. Es una especie de convicción esquizofrénica, porque hay una parte mía que dice sí, que quiere que mis libros continúen siendo leídos, pero hay otra parte: la parte creativa, la parte de donde proviene la escritura. La primera parte, si podemos llamarle así, es el lector, y yo también soy lectora, pero mi parte de escritora, que está más anticipada, más limitada, más pervertida, no está interesada en mis libros. Entonces, me intereso solamente por lo que estoy escribiendo ahora o por lo que voy a escribir cuando termine esto que estoy haciendo ahora. Si he hecho algo, siempre quiero contradecirlo, y me siento libre de contradecirlo ya que yo lo he hecho: cierta postura que pude haber adoptado en un momento, con total honestidad y habiéndola meditado seriamente a su hora, bueno, de pronto la veo distinta. Esto hace que yo no sea muy buena hablando de mis propias obras y por ello me gusta más hablar acerca de la obra de otros escritores. La gente dice de mí que soy demasiado modesta porque no me gusta hablar de mis libros y sí de los otros, pero siempre debo aclarar que no se trata de una cuestión de modestia, sino que, con toda honestidad, no sé hablar de mis libros. Es como si no pudiese estar fuera y dentro a la vez. ¿Tiene usted alguna experiencia de ese tipo?

B.: No sé, yo nunca releo lo que he escrito, lo olvido fácilmente…

S.: Es hermoso olvidarse ¿no?

B.: Una purificación.

S.: Pero parece ser que es a la propia obra a la que uno no puede acceder como a la obra de otro. La gente siempre me pregunta: «¿Cómo distingo yo entre literatura y otros libros?», ya que, por supuesto, la mayoría de lo que aparece en forma de libro no es literatura, sino «productos» en forma de libros. Pienso que la definición más simple de qué es la literatura viene dada por la necesidad de relectura que el libro en cuestión puede suscitar. Luego se transforma en una especie de familia del discurso, en el cual uno pasa a formar parte del mismo.

B.: En el caso de la poesía tiene que ser ligeramente misteriosa, me parece, tiene que haber algo en las cadencias, no puede ser explicable…

S.: ¿Qué piensa Borges de las diferencias entre prosa y poesía? Yo siempre sospecho de todas las dicotomías, no creo que puedan ser divididas en dos cosas. Es lo que ocurre con términos como «izquierda» y «derecha»: tan pronto se observan un poco a fondo, cualquier diferencia se derrumba.

B.: Yo creo que la diferencia esencial está en el lector, no en el texto. El lector, ante una página en prosa espera noticias, información, razonamientos; en cambio, el que lee una página en verso sabe que tiene que emocionarse. En el texto no hay ninguna diferencia, pero en el lector sí, porque la actitud del lector es distinta.

S.: Yo podría adoptar la posición opuesta: si Dante es poesía, ciertamente hay mucha información, mucho argumento en su obra; si Kafka es prosa, no hay información ni noticias. Yo creo que la diferencia no está en la cantidad de información que pueda tener un texto, o si tiene un argumento o no.

B.: No, no, yo no he dicho eso. He dicho que lo que el lector busca es una cosa, pero no que los libros sean genéricamente distintos. Por ejemplo, creo que un clásico no es un libro escrito de cierto modo sino leído de un cierto modo.

S.: Entonces, ¿usted cree realmente que existen diferentes tipos de lectores?
B.: La originalidad es imposible, cada escritor puede tener una nueva entonación, aportar un nuevo matiz, pero nada más.
B.: Tantos tipos de lectores como lectores hay en el mundo. Del mismo modo que pienso que cada página de poesía o prosa es única.

S.: Nosotros hemos dedicado tanto tiempo a la lectura que me asombro cuando otro escritor me pregunta: «¿Cómo encuentra usted tiempo para leer?». Existe la tendencia a convertirse en una máquina de producción, de tal modo que este puede llegar a ser el motivo central de su vida y entonces, la lectura se convierte en una distracción, o sea, «distrae» de esa productividad que debe poseer al escribir. A veces también pienso que lo que más me gustaría sería no escribir, ya que es con la lectura como disfruto total y absolutamente, pero en ocasiones me digo: «Bueno, no puedo estar leyendo todo el tiempo, es mejor que escriba un poco». Cuando hablo de la lectura, no me refiero a que me perjudique para escribir, sino que para mí constituye un placer. No sé, parecería que leer es mucho más sencillo que ver la televisión…

B.: ¡Es que es mucho más difícil ver la televisión! A mí, por suerte, la ceguera me defiende.

S.: [Riendo.] Estoy totalmente de acuerdo con usted, Borges. Debemos aumentar la comunidad de lectores.

B.: Sí. Porque es una especie en vías de extinción. Escritores, sí, quedan muchos, pero lectores casi ninguno. Fundaremos la Secta de los Lectores, una sociedad secreta de lectores.

(publicado en Quimera 400, marzo de 2017)
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