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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO


Georgette Marie Philippart de Vallejo, la francesa a quien amó el poeta peruano, narró, en un reportaje que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo. En el escrito describe sus preocupaciones, las carencias, “los errores” y “el desastre” que pasaron durante esos 34 días –desde el 13 de marzo de 1938– que precedieron a la muerte del célebre huamachuquino: el 15 de abril del mismo año. “No se regatea con la vida”, le dijo entonces el poeta a su amada “en el curso de ese infierno” que vivieron durante los mencionados días. El siguiente texto, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta–, también contiene el recuerdo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, vate que integró el grupo de latinoamericanos que crearon y se crearon en París, como César (a quien llamaban El Huaco), y un soneto escrito por Vallejo para una inolvidable actriz que alborotó Trujillo en 1916.


VALLEJO: ¡CUÁN POCO TIEMPO HE VIVIDO!

Por Georgette Vallejo

LA AGONÍA

Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.

Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.

Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.

Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.

En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.

Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas, era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.

Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.

Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.

Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.

Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:

–Tendrás valor.

–Tendremos, dije.

Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:

–No se regatea con la vida.

Y, mientras que sus ojos buscaban en los míos la promesa que me solicitaba, fui invadida por tal odio hacia la vida que me fue imposible responder una palabra. Naufragué hasta detestar su valor. Sin duda seguía hablándome, pero yo no oía nada. Cuando recuperé la razón distinguí algunos consejos, pero me es imposible recordar cómo terminó esta conversación.

Algunos días después, otra vez abrió los ojos, buscando algo. Esperé un segundo, con el fin de que nada –ni siquiera mi prontitud– fue a alterar lo que había comprendido.

–Escribe –dijo.

Tomé inmediatamente el papel y el lápiz que había preparado de antemano sobre la mesa de noche, desde el comienzo de la enfermedad –inútilmente por otra parte hasta aquel instante– y me dictó:

–CUALQUIERA QUE SEA LA CAUSA QUE TENGA QUE DEFENDER ANTE DIOS, MÁS ALLA DE LA MUERTE, TENGO UN DEFENSOR: DIOS.

Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.

Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.

La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.

Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.

A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:

–¡Pero, amigo, está Ud. mejor!

Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:

–¡Qué le decía yo, señora!

El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.

El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.

En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.

Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.

No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.

*****

EL RECUERDO

Luis Cardoza y Aragón

Tenía una desolación de cara angosta

El París en el que vivió, amó, escribió y murió Vallejo fue un punto de encuentro importante de toda una generación de creadores latinoamericanos. Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco formó parte de este grupo. Desde su tranquilo retiro mexicano y en exclusividad para Caretas, nos cuenta sus recuerdos.

-Conocí a Vallejo en 1925. Yo era muy amigo de Alfonso de Silva, el músico, el que tocaba tangos en cafés y restaurantes. Una noche me llevó a visitar a Vallejo, andábamos por la zona de Montmartre –cerca de La Ópera y el Follies Bergere– y fuimos a visitar a su compatriota. Alfonso me había hablado mucho de él; vivía en un modesto hotel, en la Rue Moliére– si no me equivoco, ya era muy tarde pero tocamos la puerta y cuando entramos lo encontramos durmiendo junto a otro joven. Esto me desconcertó un poco, pensé que eran homosexuales. Vallejo se incorporó y me invitó a entrar y charlamos mucho y me di cuenta que ambos eran muy varones. Y me dije, pues, la mariconada hubiera sido que Vallejo en ese frío hubiera mandado dormir en el sofá a su amigo.

Luis Cardoza y Aragón tiene ahora 84 años, vive retirado en su casa de Coyoacán. Me permití irrumpir una vez más en su mundo soledoso. Y me entregó generoso una charla sobre el amigo entrañable con quien compartió la fiebre de la creación en los turbulentos años veinte.

Así se inició su amistad con Vallejo, cuando lo encontró durmiendo con Julio Gálvez, el sobrino de Antenor Orrego, con quien salió de Lima y acabó fusilado por los franquistas en la Guerra Civil…

-Esa noche hablamos mucho, incluso yo lo visitaba con frecuencia y alguna vez –como la cama no era grande– dormí en el sofá. Y pude conocer su gran fervor humano, esa ternura y temple a la vez. Los latinoamericanos que estábamos en esa época –hablo de Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Toño Salazar (que le hizo varias caricaturas), Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias– lo tratábamos como El Huaco. Sabíamos que venía de una región donde había florecido la Cultura Mochica, mestizo con un rostro aindiado, delgado, tenía una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aquilina. Como he dicho alguna vez: tenía cara de reja de arado que hendía la tierra y sembraba pedernales. Era de temperamento fuerte, a veces de mal humor y vivía con mucha austeridad. Denotaba un mundo interior tan vasto y en conflicto. Los peruanos que estaban en esa época le llamaban El cholo, el cholito. Vallejo respondía con una leve sonrisa cuando le llamaban así.

Ustedes se habían posesionado de los cafés de Montparnasse:

-A ese café íbamos los latinoamericanos a tomar desayuno a cualquier hora. Había una parte para comer y otra era el “bistrot”, donde se tomaba tragos. Nosotros íbamos en grupo y pedíamos nuestro cafecito con leche y como habían unas canastas con los “croissants” o mediaslunas, como las llamábamos, engañábamos al hambre con estos pancitos, y pues nos echábamos cinco, seis o siete y al momento de pagar decíamos que habíamos consumido uno o dos, y con lo que nos ahorrábamos pasábamos a la otra sala a tomarnos ese trago bien conservado.

-Una vez Vallejo se apareció en la terraza de La Rotonde como clavo oxidado, negro, lebrel infernal, y nos leyó apuntes de un poema en donde alude a sus depósitos en Le Crédit Lyonnais. Nos sorprendió. Todavía escucho el comentario de Mado, linda prostituta borracha que sabía español aprendido en la cama con dos generaciones hispanoamericanas: “Il faut que tú evolues, espece de fetus”. Así era el ambiente, pero Vallejo impuso su voz, su iluminación y sus fatigas. Siempre me ha resultado un enigma en esos años jadeantes, no lo comprendí bien, no lo escuché bien. Sólo serenas lecturas posteriores me dieron una comprensión cabal de su obra. Tenía una manera muy propia de versificar, creía notar algo de torpe en su construcción, por lo que pensé que allí afloraba tal vez el humor del quechua, un temperamento y una sensibilidad que venían del pasado, de un ayer que asomaba, a cada instante: esa angustia, esa nervadura, ese mundo interno afloraba siempre. Por eso he dicho que Vallejo ha inventado un lenguaje. No escribe en español, sino en Vallejo. Eso le ha permitido crear su lenguaje, su manera de hablar, de versificar, y en eso fue un vanguardista a pesar suyo.

(Publicado por POESIACOMOLENGUA el 19 DICIEMBRE, 2016)

ALAN WALLACE “EL BUDISMO Y LA FÍSICA CUÁNTICA DICEN LO MISMO”


"Tengo 58 años, nací y vivo en California, estoy casado y tengo una hijastra. Estoy licenciado en Física, soy doctor en Filosofía de la Ciencias y Estudios Religiosos y fui ordenado monje por el Dalai Lama. La Física Cuántica y el Budismo dicen lo mismo, soy liberal y budista. A los 20 años me dediqué a viajar por Europa, lleno de preguntas existenciales, tropecé con el libro tibetano de La Gran Liberación, que trata sobre la naturaleza de la mente, y quedé asombrado", dice Alan Wallace, físico y PhD, al sitio analitica.com.

¿Hasta qué punto?

Estudié el idioma tibetano para poder estudiar budismo, me compré un billete de ida a India y acabé siendo ordenado monje por su santidad el Dalai Lama.

¿Entonces lo de la física vino después?

Tras 14 años viviendo con los tibetanos, estudiando budismo y meditando, decidí integrar esos estudios en la física. El budismo se ocupa del conocimiento de la realidad, no está apegado a creencias religiosas; y para ahondar en la realidad se necesita la física.

Entonces, ¿la física ha completado su visión budista del mundo?

Sí. La fortaleza de la ciencia, con la tecnología y la matemática, no la encuentras en el budismo; pero el budismo tiene un método muy sofisticado para investigar y observar directamente la mente; en eso la ciencia occidental es muy débil.

Leyes de la física cuántica ya fueron expuestas hace 2.000 años por el budismo.
En 1997 traduje una conversación entre el Dalai Lama y un eminente físico experimental austriaco, Anton Zeilinger, que le explicaba al Dalai Lama que cuando en la física cuántica investigas la naturaleza de una partícula elemental, como un electrón, no la encuentras, está vacía. Es decir, que el electrón sólo existe en relación con el sistema de medición y el observador, no es posible observar un sistema sin perturbarlo.

¿Y qué dijo el Dalai Lama?

“¡Sorprendente!, ¡¿cómo puedes haber llegado a este descubrimiento sin conocer el camino de en medio o su escuela filosófica, el madyamika?!”. Zeilinger se quedó atónito y preguntó: “¿Qué es el madyamika?”.

Entonces el Dalai Lama explicó que para el budismo el yo, como tal, no existe, ya que aquello que denominamos compulsivamente mi yo está permanentemente cambiando; pero Arya Nagarjuna fue todavía más allá.

¿El fundador de la filosofía madyamika?

Sí, una línea particularmente avanzada dentro del budismo, fundada alrededor del año 200 de la era cristiana, y que sirvió de fundamento filosófico para la principal rama del budismo actual, el mahayana.

¿Cuál fue ese paso más allá?

Pura cuántica: negó la existencia independiente no sólo del yo, el observador, sino también del objeto, el observado; e incluso de la observación misma. El término madyamika deriva directamente del que empleó Nagarjuna para referirse al camino de en medio, aludiendo al espacio entre el nihilismo y el materialismo.

¿Y qué dijo Anton Zeilinger?

“¡Esto es sorprendente!, ¡¿cómo puedes saberlo sin conocer nada de física cuántica?!”, e invitó al Dalai lama a su laboratorio en Austria. Allí observé algo muy interesante…

Cuente, cuente…

La tecnología que tenía Anton, los budistas no la tienen; los experimentos que ellos llevan a cabo, los budistas no los hacen. Pero los budistas practican samadi, que es una alta concentración en un solo punto, un método contemplativo para investigar la mente y los fenómenos objetivos.

¿Y así llegan a la misma visión que los físicos cuánticos?

Exacto, pero los budistas hacen una aplicación práctica: al darte cuenta de que nada existe independientemente, ni los átomos, ni las personas, ni las culturas…, brota naturalmente la compasión.

¿Usted cree?

Mi bienestar está relacionado con tu bienestar; mi sufrimiento, con tu sufrimiento. Pretender buscar mi felicidad y mi seguridad como si yo fuera una isla es una estupidez. De esta sabiduría viene el altruismo, y ahí es donde budismo y ciencia se separan, porque el altruismo no es común en la ciencia.

¿Qué se estudia en su instituto?

La conciencia desde la óptica de la ciencia, el budismo, y la psicología conductual; el conocimiento de la mente, el origen del pensamiento, la naturaleza de la conciencia. Investigamos en temas muy prácticos, por ejemplo, cómo calmar las emociones destructivas: desórdenes hiperactivos y déficit de atención.

Muy comunes.

Junto con un equipo científico de la Universidad de California hicimos un estudio que ha durado siete años sobre cómo cultivar el dominio emocional. Entrenamos con meditaciones budistas esenciales durante 45 horas a maestras de escuela aquejadas de estrés, ansiedad, depresión e insomnio. Los síntomas desaparecieron y cinco meses después seguían sin reaparecer. Otro experimento significativo ha sido el proyecto Shamaka.

¿Eso es un tipo de meditación?

Sí, para obtener mayor concentración. Organizamos un retiro de tres meses con 70 personas neófitas en la materia que meditaron ocho horas diarias y conseguimos un nivel de concentración altísimo, lo que se deriva en efectividad, autoestima y alegría en las tareas: creo que pronto veremos revolucionado el mundo del trabajo.

¿Alguna conclusión?

Ciencia y espiritualidad están dándose la mano, no para convertirse ni para conquistarse, sino para aprender una de otra, y eso no tiene precedentes.

(por EL MOSTRADOR 5 enero, 2016)

GLENN GOULD: UNA BROMA MUSICAL

Por Ramón del Castillo
El visionario pianista nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos. Su música es pura ficción, un juego extremo de edición y montaje para llegar al alma humana.

¿Qué no se ha dicho ya, bueno o malo, sobre Glenn Gould? Disponemos de sus grabaciones sonoras, de sus programas de televisión y de radio, y de una ingente cantidad de estudios sobre su vida y milagros. Buena parte de sus escritos, una selección de sus cartas, algunas conversaciones y una biografía han sido publicados en castellano por Turner y Global Rhythm. ¿Fueron suficientes todos esos textos para dejar claro que el mundo de Gould era mucho más intrincado pero también mucho más divertido de lo que se pensaba? No está claro. Acantilado nos ofrece ahora una estupenda traducción del tercero de los libros que Bruno Monsaingeon editó sobre Gould entre 1983 y 1986, Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico. Tiene dos partes. La primera recoge entrevistas realizadas entre 1959 y 1980 dedicadas a temas musicales y biográficos, asuntos técnicos y existenciales. La segunda es una imaginaria conferencia de prensa de Gould con 10 periodistas, un ingenioso montaje realizado por el propio Monsaingeon dedicado a temas similares: compositores, e interpretación, concierto y grabación. En el prólogo de 2013 de este paciente francés que logró convivir con ese excéntrico que no se sentía nada excéntrico se lee: “El mayor peligro para aquel que intenta expresar su ideas más serias con humor es el de no ser creído” (p.27).

No se puede decir mejor. Si uno se toma en serio a Gould, tiene que estar dispuesto a tomarse con otro humor la música, y ahí empieza el lío, porque la música clásica, ya se sabe, ha desem­peñado muchas veces el papel que antes tenía la religión (los melómanos a veces parecen feligreses y hasta beatos). El humor de Gould resultó peligroso justo porque tenía algo de herejía. Después de todo —lo dijo una antropóloga— el bromista es un “místico menor”. Gould fue un místico de ese orden y el libro de Monsaingeon quizás ayudará a acabar de entenderlo.

Hay que recordar que cuando Gould deja los escenarios y se encierra en los estudios está atacando dos dogmas musicales. El primero decía que la música en vivo proporciona una experiencia más intensa y espiritual que la música grabada. El segundo dogma afirmaba que la linealidad es una garantía de veracidad, o sea: la música fabricada cortando y pegando tomas, la música resultado del montaje en una mesa de sonido no es auténtica música. Gould pregonó justamente lo contrario: la música grabada y editada —dijo— es más espiritual y más verdadera que ninguna otra. ¿Herejía?

Algunos de sus críticos (incluidos los que le tenían cariño, como Yehudi Menuhin) pensaron que Gould renunciaba a toda trascendencia, cuando en realidad era un puritano en busca de una espiritualidad menos espectacular pero mucho más profunda. Monsaingeon, en cambio, lo entendió perfectamente desde el principio. Cuando contactó con Gould en los años setenta y empezó a colaborar con él, no dudó en manejar jerga pseudorreligiosa para defender las ideas del visionario canadiense. A través de libros y documentales realizados desde mediados de los setenta hasta el Hereafter de 2006, actúo, de hecho, como una especie de divulgador para público profano de su evangelio tecnológico.

Cuando Gould se lanzó a grabar como loco, el disco ya no era un testimonio de algo inefable, una copia aproximada de un original. La fonografía empezaba a ser un arte en sí mismo y el oyente no compraba un disco pensando que debía conformarse con un sucedáneo. Oír música por la radio o en un disco podía transformar su vida sin necesidad de visitar ningún templo sagrado de la música. Gould no era ningún excéntrico. Sabía muy bien lo que hacía cuando trató de controlar todo lo posible la producción y posproducción de una grabación. Lo divertido es que su modo de trabajo era inseparable de un montón de ideas que iban mucho más allá del fenómeno estrictamente musical. Su principio más divertido y profundo (la take-twoness) era toda una defensa de la repetición. Musicalmente, el principio significaba que una obra no es más auténtica si se interpreta de un tirón o si no se edita mucho en la mesa de sonido. Gould concebía sus interpretaciones negando las dos cosas, la linealidad y la irreversibilidad. Pensar hacia atrás (como un cangrejo —decía él—) no tiene nada de malo. La comunicación es mucho más importante que la naturalidad o la espontaneidad. Así que, si en aras de esa comunicación se repiten pasajes muchas veces y se mezclan las veces que haga falta hasta dar con un todo coherente, ¿qué tiene de malo la edición musical? Si el fin de la música es conmover al público, ¿por qué no se habría de usar un medio tan eficaz para llegar al fondo de su oído y de su alma? La gran excentricidad de Gould (si se quiere llamar así) era esa: estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad. ¿Qué podría aducirse como prueba en su contra? ¿Que no vendió discos o, al revés, que vendió tantos porque engañaba a sus oyentes?

Gould no manipuló a nadie. Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos; esas interpretaciones no existen, son una pura invención, una ficción. Lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas. Pero ahí no acaba el truco. Gould podía hacer dos tomas separadas por tres años de dos pianos diferentes, con distintas sonoridades, y luego simular con un ecualizador que eran el mismo piano. También podía grabar una pieza para piano usando distintos micrófonos, colocados a diferentes distancias, y luego mezclar con sus amigos ingenieros las ocho pistas (cuatro por canal) hasta crear distintos efectos sonoros (eco, zoom…), como en la increíble versión que hizo de la Sonata nº 5 de Scriabin. El material sonoro de los discos de Gould procedía de tantas vías y se sometía a tantas transformaciones que trastornaba las reglas del juego de la clásica. Su música no solo no era música en vivo, sino peor: era música retocada al extremo, editada una y otra vez. Era un montaje, ¿pero dejaba por eso de ser especial? Al contrario.

Gould tenía mucho de ilusionista y gozaba de sus trucos, pero también albergaba las ilusiones de un puritano reformista. No sólo exigió más libertad para el intérprete. También llegó a soñar con una tecnología que permitiera al oyente manipular un disco tanto como su productor (p. 203). Si algún sello discográfico fuera coherente con el evangelio de Gould, no vendería las dos versiones de las Variaciones Goldberg, como hizo Sony con el doble A State of Wonder, sino un disco descomunal con datos, un archivo lleno de tomas y descartes con el que los consumidores podrían componer distintas versiones cortando y pegando en casa. El propio Gould sabía que sus discos eran sólo una posibilidad entre otras, y cuando los oía volvía a alterar el volumen de su aparato reproductor para producir otra escucha diferente. ¿Excentricidades? Sí y no. Musicalmente, actuar así es de una coherencia absoluta. Sólo es reconocer que la escucha, por así decir, siempre sale del oído y no sólo entra por él. Psiquiátricamente puede llegar a ser peligroso, pero eso es otro tema: Gould llegó a consumar muchas de sus ideas estéticas, pero también se consumió a sí mismo en una espiral de variación imparable que tenía algo de diabólico. Desde luego que a veces se le iba la cabeza: usar la toma 6 para abrir y cerrar una fuga insertando entre medias la toma 8 no es un acto de locura, pero editar 143 veces, casi una por segundo, una intervención de 2 minutos y 43 segundos para un documental sobre Strauss… raya en ella.

Su conducta fue peculiar, sus hábitos bien raros, su vida entera un delirante viaje sin salir de casa, pero no fue un malogrado ni un infeliz, como muy bien dice Monsaingeon. “No creo que mi estilo de vida sea común, pero la diferencia no me disgusta, ya que mi estilo está bastante integrado con el tipo de trabajo que quiero hacer”, afirma en una entrevista. Cuando se le reprochó la cantidad de injertos, manipulaciones y modificaciones que hacía en sus discos, su respuesta fue sencilla: si se hace en el cine, ¿por qué no se debería hacer en música? En el cine no se ruedan las escenas secuencialmente, sino según las necesidades del rodaje, y luego se montan: ¿por qué es un tabú hacer algo parecido en música? Si el cine encontró sus propias reglas al margen del teatro, ¿por qué la grabación no debería encontrar las suyas más allá del mundo del concierto?

El melómano, claro, diría justamente que ahí está el origen de todos los males. Si el cine mató al teatro, la grabación acabará matando al concierto. Gould, en cambio, antepuso los fines a los medios: gracias a la tecnología —proclamó una y otra vez—, la música llegaría finalmente hasta donde siempre soñó llegar. Como dijo en un pasaje cargado de ironía en una de las entrevistas editadas por Monsaingeon (p. 196), “la estética roza en realidad la teología”, pues si el fin último de la música es algún tipo de éxtasis, entonces lo inmoral sería no aprovechar cualquier medio que conduzca a ese fin. “En materia de arte, el fin justifica todos los medios”, dice en otro momento (p. 201). En otras palabras: Gould no negó que existiera el más allá; lo que en realidad quería es llegar hasta él por medios más directos.

Mientras no llegara el momento definitivo de su encuentro con lo desconocido, Gould no dejó de pensar en cómo llegar con su música hasta el fondo del alma humana. Desde luego se sentía más cómodo y creía más en la comunicación en diferido, dado que esta deja mucho más margen de edición; si viviera hoy día, no usaría Skype, aunque podría mandar a sus amigos vídeos editados. Tampoco participaría en una videoconferencia como la simula Monsaingeon en el libro. Las tecnologías le encantaban, pero eso no significa que todas le sirvieran para lo que él buscaba: una comunicación sumamente controlada por sus participantes.

Monsaingeon afirma que el día que recibió la primera carta de Gould, el 2 de marzo de 1972, fue el mismo en que despegó la Pioneer 10 con un disco con grabaciones musicales que incluían a Bach interpretado por Gould. ¿Por qué dice eso Monsaingeon? ¿Otra broma, o un despiste provocado por un exceso de fervor? La Pioneer despegó ese día, es cierto, pero el disco preparado por Carl Sagan con la música de Gould y muchas otras muestras musicales no viajó al espacio sideral en esa sonda, sino en la Voyager, que despegó el 5 de septiembre de 1977 y que hoy día es el objeto fabricado por la humanidad más alejado de la Tierra.

Vaya en la sonda que vaya, la grabación de Gould es un mensaje en una botella con pocas probabilidades de entenderse. Si algún extraterrestre lograra descifrar las instrucciones y hacer sonar el dichoso disco (cosa casi imposible, como explicó Robin Maconie en La música como concepto), ¿por qué le debería llamar la atención esa versión de Gould del Preludio y fuga nº 1 en Do mayor del segundo libro de El clave bien temperado? Si pasara, quizás el mérito sería de Bach, más que de Gould, pero eso alegraría a Gould porque estaría desempeñando el papel que siempre buscó: el de mensajero, el de mero instrumento de un lenguaje que Bach creó para ser oído sin muchos aspavientos ni grandes gestos.

Lo divertido, pero también lo triste, es imaginar lo que habría hecho Gould si la sonda Voyager hubiera sido interceptada por los extraterrestres antes de su muerte en 1982. Quizás habría querido hablar con el marciano a solas, pero no es probable que participara en el encuentro colectivo con el marciano durante su aterrizaje en la Tierra. No se suele contar, pero Gould tuvo sueños recurrentes en los que aparecía solo en otro planeta. ¿Cómo y qué comunicaría a otros seres?, se preguntaba. El problema es que para él todos esos sueños siempre acababan mal: en todos aparecía otro terrícola que evidentemente podía ver las cosas de forma diferente a él y generar conflicto. Ciertas formas de autismo son así: amplían al máximo la imaginación, pero también generan distintos grados de reclusión. Las limitaciones de Gould como ser social, da igual cuáles, fueron compensadas con creces por su ingenio y tesón. Logró comunicarse maravillosamente con mucha gente y lo seguirá logrando mientras se sigan descubriendo sus discos, sus escritos, sus documentales y sus programas de radio. En realidad, la clave de su éxito con los oyentes (terrícolas o extraterrestres) no se basa en que deban tener tanta inteligencia como él, sino que lleguen a compartir su profundo y cósmico sentido del humor.

‘Glenn Gould: No, no soy en absoluto excéntrico’. Bruno Monsaingeon. Traducción de Jorge Fernández Guerra. Acantilado, 2017. 280 páginas.
(El País / 6-32017)

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